La llegada del día que marcará mis 39 años me hace sentir ansiosa. De nuevo, el peso de otro año que me recuerda que aún no he logrado llenar las casillas de esos objetivos que me marqué, o que marcó la sociedad en la crecí y evolucioné.
A pesar de estar lejos de esa sociedad, vine a integrar otra en la que paradójicamente las expectativas parecen ser similares en algunos aspectos. El camino transcurrido, que integra un diferencial para cada migrante, parece que aún no ha hecho clic en mi cabeza pues esas bases del éxito y de la satisfacción personal, siguen siendo inalcanzables.
Con la salida de mi primera cana a un mes y 15 días de mi cumpleaños, saboreé la misma angustia que el año pasado me transportó al fondo, a un hoyo del que todavía estoy tratando de salir. Los ciclos que miles de personas en el mundo abrazan y disfrutan, se han convertido en un peso que me es difícil soportar.
Ayer, mientras conversaba con dos amigas, la una migrante en otro país y la otra pensando en migrar, unidas todas tres por una amistad de muchos años, volvimos a evocar esos sueños que se dibujaron tempranamente en nuestras consciencias y que finalmente no se desarrollaron como esperábamos.
Esos planes de los 20, esperando que en los 30 se materializaran no tomaron forma. Tal vez el temor de llegar a los 40 es pensar que serán como los 30’s que en lo personal me han dejado mucha frustración y desidia, al punto de pensar que no hay futuro posible; al menos, no como lo imaginé.
El cumplir años se asemeja al balance que se hace con corte al 31 de diciembre. Esas fechas se han ido convirtiendo en una carrera sin fin, como la de hámster en su propia rueda, o tan similar a la escena del perro jugando a morderse la cola.
Al final, por más de que nos esforcemos en un proyecto personal o profesional, difícilmente calculamos las aleas del destino, de la economía, de las transformaciones del mundo. Todas ellas, son coyunturas que no podemos controlar y que evidentemente tienen impactos en nuestros destinos, en nuestras decisiones, y sin tenerlo en cuenta afectan el grado de satisfacción que le damos a nuestras vidas.
Enfermos de la lógica de los resultados, olvidamos incluir en la ecuación los procesos, los aprendizajes y los retos que implican poner un proyecto del tipo que sea en marcha. Adictos a la evaluación, nos ponemos un traje muy pequeño o demasiado grande para que sean otros los que se permitan darnos una puntuación, la validación que se mide en términos de éxito o por el contrario en el fracaso.
Olvidamos que el traje que nos ponemos se puede ajustar, agrandar o reducir, que lo importante es que se adapte al momento que vivimos. He querido durante años tener una varita mágica para controlar a mi gusto todo lo que nuestra sociedad nos exige. Pero la pregunta es ¿Para qué el control? ¿Acaso necesitamos demostrar que somos superhéroes – superhéroinas capaces de cambiar el curso de los acontecimientos?
Este terror a envejecer, a cumplir un año más, a sentir que el tiempo pasa sin poder sacar la nota triple AAA de la evaluación o de la auditoria de nuestras vidas, parece ser un indicio de que tal vez necesitamos auto validarnos antes de buscar aceptación en los otros: pareja, familia, amigos y colegas.
Tengo claro que la autovalidación es un trabajo que realizan miles de personas, a veces acompañadas, otras vez no, para tratar de salir de esa camisa de fuerza impuesta o auto impuesta. Una camisa de fuerza que nos impide disfrutar de nuestros procesos de vida y de nuestros aprendizajes, dejando atrás la lógica de los resultados y del éxito a toda costa.
Empeñarse en cumplir los requisitos necesarios para convertirnos en personas « éxitosas » trae altos costos para nuestra autoestima, casi siempre lastimada; efectos sobre nuestra salud, tantas veces comprometida; e incluso termina por impedir sensaciones básicas como el disfrute de nuestros pequeños logros y de otros momentos de felicidad.
Las primeras canas, las primeras arrugas, los dolores recurrentes en huesos y articulaciones, no implican necesariamente el comienzo del fin, sino el paso a otra etapa que debemos acoger con calma y con amor, aceptando los cambios del cuerpo que nos pide a gritos escucharlo.
Este parece ser un reto ligado al autocuidado, que tal vez no valga la pena prolongar más. Siendo capaces de reconocernos como seres que merecen ocupar un lugar en el mundo a pesar de nuestros fracasos y diferencias, tal vez logremos castigarnos menos de manera inconsciente.
Es posible que esa también sea la llave para poner en el foso del olvido todos esos comentarios externos “del deber ser” que contaminan nuestra mente. Todos tenemos sueños que muchas veces no obedecen a nuestros propios deseos sino a los de los demás, son hijos naturales de los entornos que nos intimidan.
Si aceptamos que nuestras vidas no pueden ser el reflejo de deseos pueriles, ni de las máximas de Instagram – Facebook – Snapchat, ni tienen porque corresponder al catálogo de virtudes y diplomas visibles en Linkedin, es posible que nuestra manera de leernos como individuos deje de estar limitada a la acumulación de bienes materiales o al monto de la cuenta en banco.
Ahora mismo, la pandemia nos muestra que la construcción de la vida en torno a referentes materiales como pruebas de éxito resulta bastante inútil, máxime cuando lo que se acumula no te salva de enfermar, ni garantiza una mejor atención médica.
Con certeza muchas personas afirmarán que el dinero sirve para mantener cierta tranquilidad en periodos difíciles, durante el confinamiento y hasta en una fase de transición. Pero eso sólo es parcialmente cierto, porque si lo que tenemos lo debemos, la única garantía es que los pocos ahorros que tengamos tendrán que ser utilizados para honorar esos pagos de cosas que al final no estamos seguros de haber necesitado.
Las crisis que están por venir, seguirán poniendo sobre la mesa otras realidades que sin duda cambiaran nuestra manera de ver el mundo y de leer la vida misma.
Entre tanto deseo que la sabiduría que debería acompañar otra « vuelta al sol » me permita recoger otro tipo de frutos. Mirarme al espejo sin miedo a lo que superficialmente me hace pensar que estoy vieja. Ser capaz de integrar en mi inconsciente que la vida se enriquece de procesos grandes y pequeños, que me llevan por caminos inciertos e interesantes, a pesar de las adversidades.
Quisiera que en cada celebración sea capaz de amarme un poco más y aceptar lo que la vida me ofrece como regalo, como una fruta a la que hay que extraerle el poco o mucho jugo que me corresponde; sin miedo a quedar con sed, ni a tomar de más, al punto de volverme diabética.