Réflexions après lecture

Cette semaine, j’ai fini de lire un livre qui décrivait l’histoire de trois amies, leurs relations familiales, les liens avec leurs partenaires, avec leurs groupes sociaux, leur perceptions du monde, mais aussi l’image que chacune d’entre elles avait d’elle-même.

Parfois, c’était difficile de continuer la lecture car certains récits étaient violents, d’autres pouvaient me faire un rappel sur mes propres souvenirs, ou sur la manière dont je me suis senti dans certaines circonstances. Une sorte d’identification avec les personnages, ou peut-être de l’empathie ; un mot tellement utilisé en Amérique Latine que j’ai l’impression qu’il est si souillé que le mot amour.

Bref, cette empathie fausse ou imaginaire, m’a conduit sur le chemin de mon propre récit, mais aussi sur les histoires que je garde dans ma mémoire, ou celle qu’une amie, une femme de ma famille, une connaissance m’ont confiées à un moment donné.

Probablement de toutes les histoires racontés dans le livre il y a deux sujets qui m’ont particulièrement touché, l’abus sexuel, auquel j’ai miraculeusement échappée, bien qu’on puisse se poser des questions vis-à-vis du consentement.

L’autre sujet comme je l’ai évoqué précédemment est celui de l’image de soi, parfois nourri par une hostilité permanente. Une espèce de guerre intime qui mène à une dévalorisation continue. Celle qui pourrait être la cause de relations nocives, des larmes versées face ou miroir, ou en cachette. La dévalorisation qui nous fait regretter le temps perdu et l’ennui lorsqu’on reste avec un autre qui ne convient plus, parfois, la peur de mettre fin à une relation pathétique, qui fait mal.

Toutes ces relations dont on peine à s’extraire, parfois redésignent une autre personne que nous-mêmes ne reconnaissons plus. A partir de quel moment on perd de vue la route ? Que faire pour devenir des électrons libres ? Que faire pour au moins sortir des relations de dépendance où notre vie, notre existence, notre apparence doit être systématiquement validé pour une troisième personne ?

On parle d’intelligence émotionnelle, comme si c’était une valeur acquis depuis un très jeune âge. Comme si cela était partie de notre construction morale, comme si le « self-care » était inné. C’est faux et on le sait tous, et le pire c’est que malgré les heures passées à lire de livres, à aller en thérapie, à pratiquer du yoga o de la méditation, cela ne vient pas automatiquement.

Car c’est difficile de transformer notre propre système et de se déconstruire. Parce que dans la plupart des cas, nous ne connaissons pas une personne dotée de l’intelligence émotionnelle. Nous sommes entourées de personnes comme nous, victimes ou vilains selon le cas.  

On connait aussi, ceux qui se sont dépourvu de sentiments, afin de ne pas souffrir ou octroyer le contrôle de leur vie à un autre. Ceux qui décident tourner la page avant qu’on avance sur les lignes. On connait ceux qui partent sans explications, ni frayeurs, ni honte.

Or, je voudrais vraiment connaître quelqu’un qui en pleine consciente puisse me dire et prouver la manière dont il ou elle a construit la dite intelligence, quelqu’un capable d’affirmer que ce n’est pas un mythe, ni une méthode pour vendre de livres et de thérapies.

Si ces personnes existent, comment font-elles pour affronter un monde rempli de personnes comme moi, ou comme vous, qui ne sommes pas dotés de la dite intelligence ?

Perdida

Trató de despertarse varias veces. Aunque buscaba encontrar la posición en la que se ponía cada mañana cuando estaba en su cama, no lograba encontrar el impulso necesario para levantarse del lugar en el que estaba.

Aparentaba ser una cama, pero en realidad era un altar de cemento, de esos que existen en las prisiones, o sobre los que se disponen las bandejas con los cuerpos, en las morgues.

Pasaban varias horas antes de que se volviese a repetir el ritual, como una espiral sin fin. Después de intentar incorporarse, el tiempo transcurría rápidamente y veía como la escasa luz que llegaba a la habitación por medio de una ventana alta, se difuminaba para dejarle nuevamente en la sombra.

Había perdido el control de las horas, de los días, del tiempo. Tenía en la mente un par de recuerdos, de rostros que le parecían familiares, pero que al final no le despertaban ningún tipo de emoción. Durante el tiempo transcurrido en ese lúgubre espacio, no observó la presencia de otro ser, ni pudo escuchar voces a lo lejos.

No tenía recuerdos de necesitar alimentarse, o lavarse, o de ir al baño. Tampoco experimentaba la necesidad de dormir, solo la de incorporarse y salir del lugar en el que estaba.

Del otro lado de la ciudad una familia pequeña de tres miembros que llevaba buscándola desde hacía varios años, comenzaba su cotidiano con oraciones, encendían una vela frente a su retrato, como si fuese una santa, esperando que regresara a casa.

Ella había salido de casa un día cualquiera en dirección a su trabajo. Su jornada empezaba a las 7h00 de la mañana. Puntual, como lo requería el tipo de empleo que tenía como recepcionista de un edificio, era quien debía abrir la puerta a los demás empleados, unos dedicados a la limpieza, otros a las labores en la cafetería, también a los encargados de la papelería y suministros. Ella era quien recogía y organizaba el correo que llegaba y que estaba destinado al director general y a los miembros del comité central.

Aunque llevaba en el cargo un par de meses, había logrado adaptarse al funcionamiento de la recepción y al carácter de quienes se anunciaban, algunos desagradables y otros que pretendían conocerla, solo para sustraerle favores. En general se trataba de hacerlos pasar sin anunciarse, o de comunicar números de teléfono personales, que ella no conocía o no estaba autorizada a compartir.

Nunca tuvo disgustos, ni problemas con nadie. Su naturaleza discreta y profesional, ponían freno a los comentarios entre colegas, a las galanterías e invitaciones que de vez en cuando se presentaban. No salía a almorzar con nadie, ni compartía con otros empleados de la compañía.

Una tarde, al terminar la jornada, decidió caminar un poco en lugar de tomar el bus que la llevaría directamente de regreso a casa. Eran solo las 5h00 pm y había llovido. Caminó un par de calles antes de sentir que un brazo le apretaba el cuerpo y una mano le cubría la boca. Con la fuerza que tuvo trató de defenderse, de soltarse, sin éxito. Fue introducida violentamente al baúl de un carro que se encontraba estacionado justo al lado del andén.

Podía sentir la velocidad a la que se desplazaba el vehículo, pero aparte del sonido propio de los autos y de la calle, no lograba identificar otro tipo de sonidos. Al estacionar el carro, sintió pánico. Su cuerpo se paralizó y no le salía voz para gritar y pedir auxilio. Temía ser abusada y asesinada, no entendía porqué le estaba pasando eso, nunca había tenido problemas con nadie. Era temprano y el lugar de dónde la raptaron era relativamente seguro para una ciudad latinoamericana.

Alguien abrió el baúl, pero no tuvo tiempo para identificar a ese alguien, pues rápidamente le tiraron una bayetilla roja y sucia a la cara. Sintió cuatro manos, cuatro brazos que la dominaban. Pero ella seguía inerte y muda.

Al entrar en un lugar, escuchaba voces de hombres y mujeres que emitían quejidos, adoloridos pedían ayuda, clamaban piedad, pedían perdón, maldecían. Pero fuera de esas voces, solo escuchaba la respiración entre cortada de dos personas, debido al esfuerzo realizado mientras la transportaban.

Sintió como la ponían de pie, y con sus manos estiradas hacia el frente tocó un muro, frio e irregular. A la vez, una mordaza le cubriría la boca y un paño oscuro le cubriría los ojos por un tiempo indefinido. Cayó al suelo, sus piernas no lograban sostenerla. Escuchaba los gritos ahora de los hombres que la había llevado hasta allí, la acusaban de hechos que no le parecían familiares, le daban golpes en la cabeza y el cuerpo. Amenazaban con asesinarla y desaparecerla si no colaboraba; y de hacer lo mismo a su familia si se daban cuenta que mentía.

Era como si hablasen una lengua distinta a la suya, como si la hubiesen confundido con otra persona, pero no podía decir nada, gritar que no había hecho nada, o mentir para salir de ahí. Su cuerpo no respondía a sus deseos, ni siquiera para protegerse de los golpes. Sentía las lágrimas bajar por su cuerpo, y la orina entre sus piernas, pero no emitía voluntariamente quejidos o muestras suplementarias de dolor.

Un rato después le arrojaron agua fría a su cuerpo aun vestido con su uniforme de trabajo. Estuvo esperando con angustia durante horas lo que seguiría a esos instantes de violencia. Por su mente pasaron los relatos que había visto en la televisión sobre personas desaparecidas y torturas, y violaciones, y asesinatos.

Nunca pensó que algo así fuese posible para quien “no había hecho nada”. Ajena a los relatos de sobrevivientes de tal viles actos, le parecía remota la idea que ella o algún miembro de su pequeña familia pudiese encontrarse en una situación similar.  

Se recostó sobre la espalda y desde ese momento dejo de sentir, dejo de sufrir. Horas después comenzaría su rutina, esa en la que intentaba incorporarse sin éxito y esperaba paciente a que la jornada acabara para volver a intentarlo.

Mientras tanto, su familia llevaba buscándola ya dos años. Habían repartido volantes, habían logrado participar en una emisión de radio especializada en las victimas de las autoridades, de los grupos armados, de los carteles, de las mafias de tráfico humano, todos ellos responsables de la desaparición de personas.

La lentitud y la desidia de la justicia local, impedía que la búsqueda avanzara. Su género y edad, fueron motivo suficiente para que la hipótesis de las autoridades fuera que había escapado con un supuesto novio. Luego hablaron de un posible enrolamiento en una red de tráfico: seguro porque su nivel educativo y el modesto modo de vida de su familia, los hacía pensar que la prostitución o el transporte de narcóticos la convertía en una candidata ideal para ganar más dinero, rápidamente.

Después de dos años y sin pruebas a la mano, presumieron que posiblemente sus intereses políticos la habrían llevado por el camino de movimientos de izquierda, y que a lo mejor habría integrado la milicia. Una tara bien incrustada en América Latina en dónde la Guerra Fria, y la consecuente oposición entre capitalismo y comunismo, justificaron intervenciones militares, dictaduras y todo tipo de crimines de lesa humanidad, que se cometieron para evitar el ejercicio de los derechos políticos de los oponentes.  

A pesar de su discreción, su familia siempre tuvo claro que ella nunca había sido afín a ningún movimiento político, a ninguna causa. Ella era una persona a la que poco le interesaba lo que pasaba en el país, y aparte de preocuparse por contribuir con los gastos de la casa, y por sobrevivir, no le quedaba mucho dinero para salir a divertirse y conocer gente.

Siempre estuvo en casa, ayudando con las labores, proponiéndose para acompañar a sus padres a las citas médicas, y los domingos al servicio de la iglesia.

Un año más pasó, sin que la familia de tres integrantes tuviera noticias de ella, entre la desesperanza y el dolor, trataron de continuar sus tareas cotidianas. Un día de marzo, su madre encendió el televisor para ver las noticias del medio día, la cual dedicaba varios minutos de la emisión a explicar recetas de cocina y a dar consejos de salud.  

Sin embargo, la noticia central del día era la intervención de la Policía en una bodega abandonada, la cual servía a un grupo de criminales como centro de tortura. No explicaban quiénes eran los responsables, ni tampoco precisaban si habían logrado detener a alguien. Lo único que quedaba claro era que el centro de tortura funcionaba como una oficina tercerizada, que se ocupaba de hacer el trabajo sucio a quien pagara por adelantado.

Un antiguo verdugo, tal vez arrepentido por las atrocidades que había cometido, había decidido hablar. Tiempo después se supo que había tenido que torturar y asesinar a su propio hermano y esa situación lo habría confrontado a sus actos. Debía comunicarle a su madre, a su cuñada y sobrinos que su hermano no regresaría jamás.

El verdugo había revelado el funcionamiento del centro, pero nada más allá de la parte operativa. No podía identificar a quienes comandaban, ni tampoco el destino del dinero colectado para cometer los crímenes y del cual recibía solo una mínima parte. Era un empleo bien pago, pero de la mayor discreción. Quienes trabajaban allí solo se identificaban por el nombre o por apodos que les atribuían al llegar. Nadie conocía los apellidos o la verdadera identidad de nadie.

Por esto, el verdugo solo supo dar descripciones habladas de otros trabajadores, pero poco pudo aportar sobre la identidad de los mismos. El horror que se cometía en el lugar estaba tan bien planificado que cada persona se especializaba en tareas específicas. Quienes realizaban el seguimiento a las víctimas, no eran los mismos que las raptaban. Los que las transportaban no eran los mismos que interrogaban, quienes torturaban, no conocían la disposición final de los cuerpos.

La única certeza que se tenía entonces, es que nadie salía caminando de ese lugar. Que la probabilidad de encontrar sobrevivientes era nula.  

La madre que miraba aterrada las noticias, poco a poco despertó de su letargo, tomó conciencia que tal vez su hija habría podido estar en ese lugar. Las investigaciones nunca lograron establecer cuantas personas habrían pasado por el centro, tal vez por complicidad, tal vez porque esos muertos no le importaban sino a sus familias, pues no tenían ninguna resonancia ni económica, ni política.

Ella continuó acostada en su cama provisional, despertando todas las mañanas, sin percatarse de que estaba muerta, que su cuerpo había sucumbido a esos primeros golpes y que cuando recibió el chorro de agua helada, su corazón había empezado a fallar y se apagaría horas después .

Vol de retour

Paris, 27 décembre 2020

Je voulais te voir, malgré les circonstances, je voulais te voir. Entre la Covid-19, ta maladie et la distance qui nous sépare si naturellement, je voulais te voir.

Il se peut que ce besoin, si fort, si pressant, soit juste une justification de plus pour retourner aux origines, pour expier mes vieux péchés. Cette culpabilité rongeante et présente jusqu’à aujourd’hui, celle qui est liée au voyage que je n’ai pas voulu entreprendre il y a bien dix ans.

A l’époque, je n’ai pas eu le courage de partir, de me soumettre à la rencontre, à l’adieu définitif, ni de dire face à face à cette personne que j’aimais tellement, que je voulais qu’elle me pardonne de ne pas avoir été à l’hauteur, ni proche de son chevet quand elle a eu besoin de moi. Je n’ai pas pu lui dire non plus que sa souffrance n’était dépourvue de sens, car elle était une source précieuse d’apprentissage sur la vie et sur la mort.

Malgré mon égoïsme et mon obstination, j’avais compris à cette époque et aujourd’hui encore, que rien ne justifie la présence dans le monde d’un être aimé, si celui souffre, si celui a peur, si le corps et/ou l’âme ont lâché prise.

Aujourd’hui, je monte dans cet avion, je veux faire mes adieux pour la troisième fois, mais cette fois, face à toi. Cependant, juste quelques instants avant de recevoir la consigne de couper la data avant le décollage, et pendant que l’avion accélère sur la piste, je reçois la nouvelle qui m’annonce ton départ. Tu as été plus rapide que moi dans ce voyage vers les étoiles.

Le timing à nouveau mal calculé, m’interpelle non seulement sur ma capacité de réaction, mais surtout sur la capacité d’agir que nous avons tous humains, terriens, parfois si simples d’esprit, face aux faits qui s’avèrent inévitables.

C’était tard sur la piste de décollage de l’Aéroport Charles de Gaulle, une après-midi froide et pluvieuse, déjà sombre, qu’il m’a été impossible d’identifier un nuage, lui attribuer ton prénom et ainsi te voir flotter vers ton voyage éternel.

J’ai donc entrepris ce voyage entre l’angoisse et la douleur, entre la solitude physique et l’isolation de mon masque chirurgical. J’ai sangloté dans l’ombre d’une cabine bruyante et impersonnel, comme cela a dû être ton cas dans ce lit d’hôpital pendant plusieurs semaines, jours, et forcement dans les dernières minutes de ton existence. 

J’ai attendu patiemment les dix heures de voyage qui nous séparaient physiquement avec l’illusion de trouver un nuage de l’autre côté de l’Atlantique, assimiler une ou deux aux formes de ton visage, illuminé par les rayons de soleil d’une belle après-midi, mais tout était sombre.

Je n’avais pas la certitude de pouvoir accompagner tes proches, ceux que je ne vois plus depuis de longues, longues années. A nouveau, je rentre le cœur fendu dans ce pays où toutes les deux nous sommes nées, et dans lequel tu t’es toujours investie, dans ce pays dans lequel tu as toujours cru.

C’est difficile de penser à autre chose qu’à notre rencontre d’il y a un an et demie, quand je t’ai vu en bonne santé pour la dernière fois, et savoir que je ne pourrai plus te voir, t’étreindre entre mes bras, ni rire ensemble, grâce au magnifique pouvoir de ce rire contagieux que tu avais.

Je me suis préparé pour ton départ, mais il me semble que pas assez, pas pour recevoir ce choc seule dans une cabine d’avion. Je vais devoir travailler d’avantage. Le départ d’un être cher permet à ce dernier de larguer les amarres, de lâcher son fardeau, mais en même temps, il renforce parfois les amarres des personnes qui restent. Pour cela, j’espère réellement, sincèrement que ton départ m’aide aussi à lâcher mon propre leste, ce poids que je porte depuis des années et qui je le crains s’est adhéré à ma peau, à mon cœur. Un fardeau qui paraît irrémédiablement se faire plus lourd, à cause de cette nouvelle perte.

Je souhaite que tes proches, les plus proches, aient la force de te laisser partir avec le cœur léger et l’âme remplie, sachant que ton court passage a changé la vie de milliers de personnes, tes patients, tes amis, ta famille. Il aura chère cousine ainée plusieurs manières de te remémorer, de te rendre un petit hommage aujourd’hui et toujours, je t’aime d’ici jusqu’aux nuages, littéralement.

Vuelo de regreso

Quería verte, y aunque todo parecía hacerlo imposible, quería verte. Entre la pandemia, tu enfermedad y la distancia que naturalmente ha separado nuestras vidas, quería verte. Tal vez para expiar mis viejas culpas, para tener el valor de hacer lo que no hice hace más de diez años.

Quise tener esta vez el coraje de ver a alguien que quiero a los ojos y decirle cuanto le quiero, decirle que su sufrimiento no fue vano, que por el contrario nos enseña miles de cosas; aunque de ninguna manera eso sea una justificación para que tu tránsito por este mundo debiera prolongarse.   

Hoy me subí a un avión queriendo entre otras cosas decirte este tercer adiós en persona, pero justo cuando me disponía a cortar los datos, mientras el avión aceleraba por la pista del Charles de Gaulle, recibí el mensaje que me anunció tu partida.

No llegar a tiempo una vez más, me interpela sobre mi capacidad de reacción y de paso sobre la que tenemos los humanos, terrenales y básicos de hacer que las cosas sean distintas, de cambiar lo que es inevitable.

En esta tarde de invierno parisino, lluviosa y fría, ni siquiera pude ver una nube para decirle tu nombre, para que las demás te acogieran en tu viaje eterno, en esa búsqueda de luz, de tranquilidad, de libertad. Esperé paciente esas diez horas de vuelo para ver si el otro lado del Atlántico podía encontrar alguna forma en el cielo para asimilarla a tu rostro, como una forma de adiós, del definitivo. Pero no fue posible, porque a ese lado del planeta también las sombras reinaban.

Empecé éste viaje entre entre la angustia y el dolor, entre la soledad física y el aislamiento de mi máscarilla quirúrgica. Llorando en la penumbra de una cabina ruidosa e impersonal, como debió ser tu caso en esa cama de hospital durante varios días, semanas y muy seguramente durante tus últimos minutos de vida.

No creí que la coyuntura me permitiera acompañar a tu familia más cercana, a quienes no veo hace tantos años. Una vez más regreso a este país que nos vio nacer a ambas, con el corazón en pedazos y sintiendo profundamente este nuevo duelo. Regresar a este país que me genera tantos dilemas pero en el que tú siempre confiaste a pesar de todo, a pesar de todos.

Es difícil estar sola en este avión, pensando en un año y medio atrás, cuando te vi sana por última vez y saber que ya no estarás, que no podré abrazarte, que ya no podremos reír juntas, gracias a tu risa contagiosa y sonora.

Me he preparado para tu partida, pero parece que no lo suficiente. La partida de un ser querido libera las amarras de quien parte pero puede reforzar las de quienes se quedan. Yo espero real y muy sinceramente que tu partida desate las mías, y que el peso de mis duelos previos dejen de ser adherencias pegadas a la piel y al corazón.

Deseo que tus seres amados tengan la fuerza de dejarte ir con el corazón ligero y con el alma llena, seguros de la impronta que dejaste en la vida de miles de personas: de tus pacientes, de tus amigos y de tu familia. Habrá siempre alguna manera de recordarte hoy y siempre querida prima mayor, te quiero hasta las nubes, literalmente.

Pedimos vivir sin miedo

El 25 de noviembre es desde 1999 el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.

Le violencia contra las mujeres es psicológica, es física, es sexual. Esta violencia sistemática pasa por insinuaciones no deseadas, acoso, actos sexuales forzados, violaciones – incluidas las conyugales-, pasa por  la trata de mujeres y por supuesto y no menos importante, por el feminicidio.

Para quienes no están aún familiarizados con este último el Feminicidio es el asesinato de mujeres por razones de género, es decir por el hecho de ser mujeres.

El Observatorio de la igualdad de género de América Latina y el Caribe, registra y estudia la cuantificación anual de homicidios de mujeres asesinadas por razones de género. Lamentablemente, un país como Colombia no hace parte del estudio, aun cuando la violencia hacia las mujeres es constante y casi diariamente se escuchan casos de nuevos feminicidios.

Naciones Unidas estima que durante la pandemia del Covid-19 “el numero de llamadas a las líneas de asistencia se ha quintuplicado”[1], eso cuando hay una línea de emergencia a la que se pueda llamar; o cuando el operador o la operadora han sido formados para asistir a las victimas de violencia y  hablan el mismo idioma que quien llama.

Si, el mismo idioma, porque en América Latina no todas hablamos castellano, muchas hablan únicamente lenguas indígenas. En Guatemala, ningún agente policial habla maya, a sabiendas que la línea de emergencia habilitada busca brindar atención a las mujeres que piden auxilio o que quieren realizar denuncias penales asociadas a la violencia de género. Esto en un “país en donde el 40% de la población es maya, según el censo de 2019, y en el cual muchas mujeres son monolingües”[2], la falta de formacion de los policias parece ser un chiste de pésimo gusto.

Se nos olvida que Brasil se hablan 150 lenguas indígenas, en México 68, en Colombia 65, en Guatemala 22 y en Ecuador 14. América Latina no es un continente homogéneo, pero en lo que sí parece estar muy alineado es en la violencia hacia las mujeres.

En Colombia 273 mujeres han sido asesinadas durante el confinamiento, y 203 de esos homicidios[3] han sido considerados como feminicidios. No se ha acabado el año y la crisis ligada a la pandemia y a las medidas de confinamiento adoptadas en muchos países están lejos de estar superadas.

Las restricciones de movilidad también han puesto en jaque la operatividad de los servicios de policía, de las fiscalías, de los centros de protección y de refugio de número limitado y tantas veces saturados; de los hospitales y de la misma medicina legal que en estos momentos tienen otras prioridades ligadas a la mortalidad causada por la pandemia.

Las mujeres han sido abandonadas una vez más ante un sistema que poco hace por protegerlas, con unos servicios de atención deficientes, una policía y funcionarios judiciales que no han sido formados para recibir ningún tipo de denuncia sobre violencia contra las mujeres, con jueces que prefieren aplicar penas irrisorias, con reporteros que para vender la prensa roja prefieren tratar los feminicidios como crímenes pasionales.

En nuestras propias casas no se nos forma para pedir ayuda si somos víctimas de violencia. ¿Cuantas de nosotras hemos visto o vivido situaciones de acoso y hemos preferido callar? ¿Cuántas de nosotras sabemos que nuestras madres, hermanas, primas, sobrinas, abuelas sufren violencia y que su agresor duerme con ellas todas las noches? Preferimos “no meternos”, no opinar sobre la vida privada de las demás, pero olvidamos que la violencia no es privada y que tiene unos impactos nefastos sobre nuestras sociedades.

Si lo tomamos desde el ángulo productivo que parece ser el único argumento que a muchos les importa, ¿cuántas mujeres dejan de asistir a sus trabajos o presentan bajo rendimiento por causa de la violencia de género? ¿Cuántas deben dejar de trabajar porque su agresor les restringe el movimiento para inhabilitarlas económicamente? ¿Cuántas van a trabajar pero no tienen control sobre sus cuentas y deben explicar a su opresor cada gasto? ¿Cuántas tienen que abandonar el trabajo remunerado porque el trabajo en casa no se divide, ni se valora? Que la mitad del mundo que somos las mujeres no seamos “productivas” debería ser un gran debate económico y entonces social, pero esos grandes debates de sociedad no los da el patriarcado.

Ni hablar de los desequilibrios sicologicos que se producen no solo en las victimas, sino en los hijos de las mismas que muchas veces asisten y otras veces también sufren la violencia del agresor. Se nos olvida que parte de la violencia a la que asistimos lleva reciclándose por décadas, y que toda ella no se puede atribuir a la lucha contra las drogas o a los conflictos armados. Es más, muchos de esos soldados baratos reclutados con o sin su consentimiento han sido personas víctimas de violencia.  

La presión ejercida por los colectivos de mujeres y por militantes, ante las autoridades policiales, judiciales, los entes control y gobernantes parecen solo hacer efecto con denuncias replicadas cientos de miles de veces en redes sociales y por las manifestaciones que convocan a marchar, a veces de manera reiterada.

Hace unos pocos días tuve la oportunidad de conocer el caso de Marisela Escobedo, gracias a un documental que está disponible sobre una de las grandes plataformas de contenidos visuales que existen. Sin llegar a los spoilers, el documental relata la lucha de una madre que ha perdido a su hija y las dimensiones que toma ese crimen en una zona como Juárez, México. Es un recuento desgarrador cuando uno reflexiona sobre lo que tiene que hacer una familia para pedir justicia. Parece ser el combate de muchas familias y de miles de madres que en América Latina piden exactamente lo mismo : que cese la impunidad.

Es dramático que solo nos convirtamos en militantes sociales cuando nos tocan a una de las nuestras, y tener que admitir que somos absoluta y cobardemente apátic@s para sentar nuestra voz de protesta y actuar.

El caso de Marisela Escobedo me movió otras fibras que desde hace ya muchos años arden en mí. La canción del final “Sin Miedo”, de Vivir Quintero https://www.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=VLLyzqkH6cs&app=desktop terminó por golpearme más, otro intento por despertarme de la letargia.

Porque así seamos sensibles a la violencia contra las mujeres, la verdad es que muchas de nosotras hemos estado solas, o tenemos claro que muchas mujeres victimas están solas. Nos sabemos muchas pero tenemos que actuar de una manera o de otra, educando a nuestros hijos en el respeto, criarlos desde la igualdad, hacerles entender lo que significa el consentimiento, el valor de la palabra NO; explicando y ensenando a nuestras hijas desde pequeñas a protegerse, a buscar ayuda, a no callar y a luchar, a ser sororas.

Este 2020 tan trágico y tan dramático para muchas familias, estará también manchado por la sangre de miles de mujeres que en todo el mundo han sucumbido ante la violencia de género. Ni siquiera bajo esas circunstancias este 25 de noviembre pudimos salir a pedir justicia, cambios institucionales, financiamiento a las asociaciones que garantizan el apoyo a las mujeres víctimas. No pudimos a reclamar los derechos que tenemos sobre nuestros propios cuerpos, no pudimos salir por cobardía, por falta de empatía y también porque la represión policial está presente, ahora más que nunca en tiempos de pandemia.

No salimos a protestar porque sabemos que los gritos y las demandas de las mujeres han sido desoídos por siglos. De cada una de nosotras depende no dejar morir esta lucha, de hacernos oír, de actuar y de seguir pidiendo justicia. Merecemos vivir sin miedo.


[1] https://www.un.org/es/observances/ending-violence-against-women

[2] https://cuestionpublica.com/latinoamerica-desprotegio-a-las-mujeres-durante-la-pandemia/

[3] https://cuestionpublica.com/latinoamerica-desprotegio-a-las-mujeres-durante-la-pandemia/

Imagen : Nivea Ortiz

El hambre, la duda, la razón ¿También te han hecho Ghosting?

La poca experiencia que tenía en el amor en lugar de ser un peso, se convirtió en una necesidad de descubrir,  de aprender, de consumir otros cuerpos y un intento por tratar de manipular otras mentes.

Las primeras veces en que tuve intimidad ni siquiera estaba segura de lo que hacía; por supuesto que me gustaba, cada nueva experiencia se convertía en un gran bocado que buscaba afanosa degustar, pero que jamás parecía suficiente.  Como uno de esos manjares que se sirven en fechas especiales y por eso mismo no tienes la certeza de volverlo a tener en la boca.  La mayor parte del tiempo quería terminarlo lo más rápido posible para poder tener un poco más, pero eso no siempre funcionó.

Más allá del placer procurado por el orgasmo, estaba viva esa curiosidad de sentir, de explorar un cuerpo que se comportaba de manera mecánica; adecuándose al “deber ser”, a ese placer vehiculado por las películas, la literatura y los chismes de mis amigas. Todos ellos habían moldeado mi imaginario.  

Descubría entonces la “necesidad » de acordar sexo y amor en la misma persona, una extraña formula que había sin duda sido inducida desde la lógica judeo-cristiana bajo lo cual crecí, y que de algún modo viene a soportar esas grandes mentiras que son: la fidelidad y el juntos para siempre.

El placer lo viví antes que el amor, tal vez diciéndome mentiras o diciéndolas a los demás que en su cuadro de perfección, o tal vez bien instalados desde su postura virtuosa, repetían que se habían acostado con su primer gran amor. Tal vez porque los códigos de la época implicaban otras cosas, decidí que yo también repetiría la falacia, para no sentirme usada, ni sucia, ni menos virtuosa que todos los demás.

Al cabo de un tiempo logré entender que el hambre por el otro era más fuerte y que a lo mejor no era tan grave  postergar una relación tradicional, lo cual me evitaba planificar un nuevo romance. Era torpe porque nunca había entendido como conquistar a alguien. Nunca me sentí ni lo suficientemente hermosa, ni mucho menos sexy, como saber qué hacer con eso que te dicen que uses para atraer a quien te gusta.

La confianza que la gente dice tener en sí misma me era un concepto ajeno. No entendía lo que eso implicaba porque desde que tuve uso de razón me dijeron que lo que hacía no estaba bien y que debía volverlo a hacer, a veces sin mayores explicaciones sobre el cómo.

Tampoco sabía qué sentir, desde que era una niña me dijeron que no debía llorar por tonterías, solo en casos de gran pérdida. No sabía escuchar mi cuerpo, me dijeron que no había que dejar sobras en el plato, nunca aprendí a decir es suficiente. Al mismo tiempo, me construí bajo la lógica de una equilibrista para la cual el deporte compensa los excesos de comida.

El discurso romántico occidental vende la idea según la cual cada uno de nosotros encontrará a su “alma gemela”, a su “media naranja”, a su “gran amor” en alguna parte del mundo, en alguna etapa de la vida. Esa versión egoísta, patriarcal y limitada es el gran cuento que perseguimos muchas personas antes de despertar de un buen porrazo.

Parecía que la exploración de mi cuerpo, de mi sexualidad era suficiente, pero debía callarlo. Pues en paralelo y, tal vez llevada de la mano por la curiosidad de lo que tenían los demás con sus parejas, decidí emprender mi cruzada en busca del amor.

Un día cualquiera, un sujeto como cualquier otro me despertó gran interés, puro deseo. No habíamos cruzado una palabra y yo sentía su olor que me embrujaba, todo en él nublaba mis sentidos. No tenía capacidad para avanzar en una conversación cuando menos inteligente, al menos para pretender compartir intereses o gustos comunes.

Tenía la certeza de que yo no le interesaba, pero aun así, deseaba en lo más profundo de mí que me dirigiera la palabra o al menos que me diera alguna señal de que yo le gustaba. Mi torpeza emocional, sólo era el resultado de una falta de confianza enorme que me hacía dudar de cada movimiento y de cada palabra que salía de mi boca. Nunca quise sentirme estúpida, pero más de una vez me en diferentes entornos sentí la burla ante mis comentarios, mis chistes o mi oposición frente algún argumento.

Al cabo de unas horas, luego de cruzar una que otra palabra y tal vez usando el alcohol como combustible para prender mi valentía, lo atrapé sirviendo unas copas y me acerqué en modo caza, para preguntarle si podía servirme un vaso también.

Aproveché para tomar su cara entre mis manos y acércame a su boca, a sabiendas de que podría rechazarme. No lo hizo.

Tuve un poco de tiempo para dejar el vaso sobre la encimera que tenía a proximidad, y así darle espacio a la pasión que hizo de nosotros una bola de fuego. El tiempo transcurría lentamente, pocas palabras prácticamente ninguna, pero cada gesto parecía sincronizado y perfecto. Cada tejido, cada musculo, cada hueso sentiría al día siguiente lo que había pasado durante horas y como el cuerpo de  un adicto esperaba la próxima dosis.

Esa persona a quien llamaré el relojero, ajustaba cada uno de sus movimientos con extrema precisión. También aplicaba la misma técnica a cada palabra que decía, a cada frase que formaba y que no permitía desvelar su estado de ánimo. No era como si fuese alguien a quien podría calificarse de parco, todo lo contrario, parecía alegre y bastante agradable, pero me era imposible saber si esa postura era o no una fachada.

Conocer su posicionamiento frente a las cosas del mundo parecía imposible. Era liso y yo, rugosa. Se aplicaba igualmente al cocinar, odiaba verme circulando por ahí, queriendo abrazarle o sentirle cerca. Él tenía la capacidad de eyectarme, como los pilotos de los aviones ante una emergencia.

Yo no entendía que mi presencia en ese lugar solo era posible porque él lo había decidido así, y no para responder a mi necesidad de verle y de estar con él. Todos los días me levantaba con miedo en el estómago, sin entender exactamente por qué. Sentía una auténtica felicidad y luego ganas de llorar, preocupación, ansiedad extrema. La distancia física me parecía insoportable y esto con el tiempo se convertiría en un motivo de pena permanente.

Aunque le dije mil veces cuanto le amaba, no tengo aun idea por qué si no lo conocía, entendí que no era correspondida. Mi confianza se la ganó con uno que otro truco, que luego comprendí es corriente cuando quieres seguir manteniendo una relación sexual, relativamente estable, con una persona. Di todo lo que en ese momento tenía en mí, para conservar lo poco que me ofrecía. La adicción estaba lo suficientemente avanzada como para querer entrar en razón y dejar de consumirlo.

Con el tiempo y la distancia, esta vez kilométrica, la adicción se fue calmando pero el dolor se fue haciendo más grande, más fuerte, intratable. Me sentía desahuciada y como tal lloraba todos los días y recitaba lamentos aprendidos de memoria, seguramente como un método para tranquilizarme, y tal vez para satisfacer la curiosidad de quien quisiera preguntar sobre lo que me aquejaba.

Tenía tiempo suficiente para pasar la película de “esa historia” una y otra vez, pero no para pensar en lo que eso implicaba para mí, en mis errores, en mi falta de inteligencia emocional.

Nunca nadie me explicó de qué debía protegerme, no hablo de embarazos, o enfermedades de transmisión sexual, sino de esos vampiros emocionales que están al acecho y que cuando se es virgen de sentimientos cuesta tanto identificar. Ese vampiro consumía la vitalidad que la juventud me otorgaba, se alimentaba de mis sueños, de mis deseos, de mis ilusiones. Ese vampiro que seducía y ofrecía regalos tan lejanos de lo que podría gustarme, supo con su gran sonrisa poner unos límites que yo no podía cruzar.

No entendía en ese momento la importancia de poner límites, porque yo no puse ninguno. Esos límites imaginarios me impedían hacer preguntas pertinentes para mi salud mental, así que me abstuve y pretendí entender todo según la lectura de otros ciegos que guiaban mi camino de ciego.

Dando palos a diestra y siniestra intentaba avanzar en un camino que me era completamente desconocido. Con su precisión de relojero, él viajaba en el tiempo a su gusto. Así, estuve entrando y saliendo de esas espirales magnéticas sin siquiera preguntar mucho más. Me quejaba ante mis amigos, pero era incapaz de hacerle preguntas a quien podía contestarlas.

No creo que con su experiencia de viajero constante estuviese dispuesto a contestar nada sinceramente, o que sus posibles explicaciones fuesen de gran alivio para mí. En lo profundo de mi gran adicción, vivía en negación permanente, pensando que yo podía controlarla, que podía sacarla de mi sistema en cuanto me lo propusiera. Sin ayuda, emprendí una lucha interna que jamás resultó como esperaba, porque la confusión seguía intacta.

Antes las críticas o los consejos amorosos que me sugerían dejarlo o no volver con él, no podía responder afirmativamente. En principio quería hacerlo, pero en el fondo lo deseaba a él y a nadie más. Viviendo la vergüenza de volver por más, no sabía cómo salir de esa situación.

Algunas veces tuve la fuerza de lanzarme en otras aventuras, pensando que esta vez sí sería capaz de cerrar el ciclo de este viajero en el tiempo. No entendí en aquel entonces que este personaje sería el primero de una cohorte de personas similares, tóxicas, aunque ninguna alcanzaría la estatura de rock star, que ostentaba el relojero.

Lejos de haber cerrado el círculo, había abierto múltiples vortex. Por eso en algún momento, creí en su proposición de vivir juntos, aunque el plan parecía más una utopía que una proposición sincera que permitiese establecer una relación sana y real. Como si fuese producto de uno de mis delirios de primera fase de desintoxicación, el viajero desapareció de un día para otro, decidió no volver más.

A pesar de mis intentos recurrentes por establecer un contacto que se cortó sin mayor explicación, pensé que se trataba de un nuevo abandono intempestivo (Benching[1]), otro que se sumaba a los dos que ya había vivido.

Esta última vez, con más elementos a la mano, pensé en utilizarlos para pedir explicaciones, pero descubrí que esa persona no existía. Presa del pánico y de la ira, pensaba estar alucinando. Esta conducta llamada Ghosting, no era algo con lo que estuviese familiarizada. Esta es “una práctica que, básicamente, consiste en que, cuando una persona quiere terminar una relación, en lugar de poner fin a la misma como las personas adultas, sentándose y hablando, desaparece sin dejar rastro”[2].

Con los meses y los años y si bien otras personas vinieron a integrar mi vida, me fue imposible tenerles confianza. Me hundí en una seguidilla de relaciones malsanas y de encuentros fortuitos carentes de valor. El relojero me amputó la posibilidad de volver a amar libremente y sin miedo, de ilusionarme, de sentir y de creer en alguien más. La poca confianza en sí misma quedó completamente borrada del mapa.

Siempre hay alguien que te dice que eres capaz de olvidar y sanar, tal vez eventualmente lo sea, pero después de una experiencia como ésta en donde revives la humillación cotidianamente sea menos evidente. Si alguna vez había sentido la fuerza en lo profundo de mi ser, ahora con el miedo devorándome, fui incapaz de usarla para dominar a ese fantasma. Sobreviví en un entorno que de alguna manera lee la desgracia y la fragilidad como faltas de valor, y por eso traté de temporizar la explosión en mi cabeza y en mi alma.

¿Cómo puedes dar si no puedes confiar? ¿Cómo puedes avanzar discursos o defender ideas, cuando no sabes que si has entendido el contexto, si tu lectura del mundo es real? ¿Cómo puedes sentir si no puedes confiar ni en tus propias alertas – ni sabes lo que es el sentido de supervivencia? ¿Cómo puedes saber si esta vez no estas alucinando? ¿Cómo puedes sentirte segura en una relación, si no sabes cuando el otro va a desaparecer sin dejar rastro? ¿Cómo puedes pensar en retomar el curso de tu vida cuando no entiendes por qué, ni en qué momento este huracán te dejó devastada y sin nada?

Algunos pensarían que en esta época digital es imposible esconderse de alguien, pero es más fácil de lo que parece y por eso una práctica como el Ghosting se extiende, generando dolor, angustia y amargura a miles de personas que se siguen preguntando qué pasó. Esto es violencia psicológica,  pero al fin y al cabo violencia.  


[1] Es “un tipo de relación tóxica basada en la manipulación en el que un sujeto utiliza a otro como si fuera un suplente, dejándolo en el “banquillo” por si no sale nada mejor (…) La interacción con la persona genera en la víctima de benching una sensación de bienestar, que va a disminuir y tendería a desaparecer con la falta de contacto. Sin embargo, la llegada de nuevas comunicaciones, por banales y faltas de contenido que sean, despiertan de nuevo el deseo del afecto y lazos afectivos auténticos”. https://psicologiaymente.com/social/benching

[2] https://www.psicoactiva.com/blog/ghosting-la-forma-mas-cobarde-terminar-una-relacion

Tesoros de Grecia

Esta es la tercera vez que visito Grecia, la memorable morada de historias, mitos y leyendas que recrearon mi infancia. Desde que descubrí una emisión televisiva en la que un anciano « narraba cuentos », empecé a soñar con las historias de Egeo y el Minotauro, Dédalo e Ícaro, Ulises, Aquiles, Perseo y la Gorgona. Todos ellos personajes que alimentan desde hace siglos la riqueza literaria de esta cuna de civilizaciones.

Grecia tiene tantos destinos susceptibles de ser visitados, que resulta imposible decir que uno la conoce. Cada lugar está marcado por sucesos precisos, invasiones y traumatismos, glorias y repartos que han determinado su destino y su progreso.

Como si fuese una elección a penas natural, Atenas fue la primera ciudad que quise visitar. Es un lugar del que muchos de nosotros hemos escuchado hablar, visto en una postal, y cuyo nombre ha sido evocado al menos en un capítulo de los caballeros del zodiaco.

En efecto, el monumento que llama poderosamente la atención es el Partenón. Así como en el Coliseo en Roma, el Partenón es una joya arquitectónica de la antiguedad frente a la cual se agolpan cotidianamente miles de turistas que desean con una foto inmortalizar el momento.

Si bien la visita al Partenón se articula alrededor de esta gran construcción, es también hogar de otras edificaciones de extraordinaria belleza. El monumento a las Cariátides, el teatro-Odeón y la opera se encuentran en un camino que parece largo. Un camino en el que miles de personas avanzan lentamente como en una procesión, ante la impaciencia de los que quieren llegar rápidamente al gran Partenón, y la vez una prueba de paciencia, para quienes desean tomar su tiempo para apreciar el todo.

Atenas guarda en algunas de sus calles símbolos de su gran y antiguo pasado. Las ruinas convertidas en parques arquelogicos, los estadios que acogieron los primeros juegos olímpicos modernos, son algunos de los tesoros que la ciudad reserva a quien tenga el tiempo de recorrerla.

Durante el verano sus calles gozan de la calma que otorga el hecho de que los griegos la hayan abandonado, cediendo su lugar a los viajeros que se aventuren a recorrerla. Con dificultad, los griegos han logrado conservar algo de su historia arqueológica, pictórica y escultórica, en algunos de los museos locales.

El destino del segundo viaje no fue producto del azar, sino de un placer gastronómico. Un conocido chef francés decidió instalar en la isla de Paros un restaurante que funciona únicamente entre mayo y septiembre. Paros hace parte de las Cicladas, un conjunto de islas de la cual Santorini, es probablemente la más conocida.

Aunque es posible visitar las Cicladas tomando un ferri desde Atenas, con el fin de desembarcar cada día en una isla distinta, no consideré esa opción. El viaje en barco puede ser interesante, pero las masas de personas que los abordan y la idea de abarcar varios lugares en pocos días de travesía, no son el tipo de plan que me interesa.

El tipo de turismo de masa del que es víctima Santorini, es precisamente lo que evitó que la escogiese como destino turístico. Paros, aunque puerto obligatorio para los visitantes de las Cicladas, ofrece en cambio diferentes ambientes que la hacen menos invivible aun en tiempos de verano, permitiendo un descanso auténtico.   

La turística Noussa es el punto de desembarco de los cruceros mediterráneos y de los veleros que acostan a lo largo del día. Esta pequeña ciudad ofrece en términos de comercio variedad de productos y de precios, adaptados al gusto y al presupuesto de cada quien. La isla de Paros guarda el encanto de las construcciones blancas, de formas que se antojan redondeadas, y de paredes espesas que garantizan una temperatura templada en su interior. Los pestillos de las ventanas, pintados en azul, sincronizan el paisaje, ese que todos hemos visto en las postales.

En mi opinión el tesoro de Paros no se encuentra en Noussa, sino en otras ciudades como Parikia y Lefkes. La primera ofrece una variedad gastronómica, de la cual hacen gala no solo la cocina tradicional griega, sino la cocina fusión que ha ido impregnando a los griegos durante siglos.

Parikia también marcada por el comercio, dispone de iglesias ortodoxas que generan gran curiosidad para los creyentes de otras zonas de la tierra, y para los curiosos de los rastros del antiguo Imperio Bizantino.

Lefkes, en cambio más sobria y menos atiborrada de turistas, una ciudad de altura, recuerda a sus visitantes la importancia de los olivos y sus deliciosos frutos: las aceitunas. A la usanza de milenarias culturas que en oriente y américa cultivan los cereales de manera escalonada, los olivos en Lefkes crecen en terrazas.

Paros no es un destino para ir a la playa. Mucho menos está hecha para abritar cientos de parasoles, camas de playa, y restaurantes baratos a su alrededor. Quien quiera aprovechar del mar, tendrá que arriesgarse a hacerlo en las pequeñas ensenadas salvajes que desprevenidamente se encuentran a unos metros de las vías secundarias. El mar azul Mediterráneo, libre de algas y de jet skys, permite a quien lo quiera, apropiarse por un rato de ese bloque de agua, cálido y al ojo bastante limpio.

Estos dos primeros destinos griegos conservan una estrecha relación con ese pasado helénico en el que algunos de nosotros hemos pensamos al ver la bandera a rayas azules. Pero otra cosa se vive en el tercer destino turístico al que me referiré en este texto: Creta.

Creta es una de las islas de mayor tamaño del Mediterráneo. En mi mente está presente gracias a la historia del rey Minos y del laberinto que hizo construir a Dédalo en su palacio, para contener al Minotauro.

Este fue el primer mito griego que escuché y mi favorito. Todo lo que puede denominarse como una tragedia griega se percibe en este histórico relato, que parece flotar aun en el sitio arqueológico del palacio de Knossos, no lejos de Heraklion, la capital.

Creta, eje comercial del Mediterráneo, una joya deseada por muchos poderosos, sufrió incursiones de todo tipo, desde los tiempos en que las polis griegas eran cada una centros independientes, o ciudades estado y no un estado nacional.

Creta, la gran rival comercial y militar de Atenas, ubicada en el Mar Egeo entre la actual Grecia y Turquía, no pudo escapar al pasado Bizantino, ni a la influencia de los Venecianos y tampoco al Imperio Otomano. Esa particularidad hace que una ciudad como La Canée (en italiano) tenga otros dos nombres Chania (regalo de los otomanos) y Hania (su nombre original).

En el transcurso de una semana solo pude concentrarme en la zona de La Canée, en las costas del norte y oeste de la isla de Creta. Las playas, cada una más bella que la otra, y todas ellas dotadas de paisajes que se esconden detrás de una naturaleza tupida y protegida por las montañas. Ese es el mayor atractivo de esas playas pequeñas y tranquilas en donde los amantes de las montañas podemos prepararnos para una caminata, o simplemente bañarnos en un mar rodeado por ellas. Otras playas de arena rosada, se presentan ante nosotros como piscinas naturales protegidas por mini barreras de coral y a la vez permiten la práctica de deportes como el kite-surf.

Cerraré este relato, con mi visita más reciente a la isla de Corfú, que terminó por completar una parte del rompecabezas griego. Corfú  hace parte de las islas Jónicas, por lo cual concentra historias comunes bizantinas pero se precia de no haber sido nunca asimilada por los otomanos. Este pedazo de tierra fue más bien un centro de interés para los Venecianos quienes controlaron el Mediterráneo durante cuatro siglos, desde 1386.

Cuando este poder se apagó, los franceses hicieron presencia en el lugar, luego los ingleses quienes contribuyeron a la modernización del fuerte ubicado en la capital de la isla: Corfú-Town. Algunas casas reales europeas también visitaban puntualmente la isla: los Habsburgo durante el siglo XIX y  luego los alemanes representados por el Káiser Guillermo II durante el siglo XX.

Un pequeño territorio como Corfú conserva las marcas y la influencia de todos esos actores en diferentes periodos de la historia. La arquitectura de las calles y edificios de Corfú Town, el palacio Aquileón propiedad de Sisi la emperatriz austrohúngara, la concepción de las iglesias y de los monasterios que rodean la isla son prueba de ello.

Para los amantes de la literatura Corfú también resulta más auténtica porque recuerda la historia del regreso a Ítaca, como última escala en el periplo de Ulises, antes de volver a casa.

Otra parte interesante de la exploración de Grecia fueron los múltiples intentos por descubrir lo más profundo del Mar Egeo y por supuesto del Mediterráneo, practicando esnórquel o buceando, pero fueron siempre decepcionantes. Lamentablemente, el ecosistema marino del  Mediterráneo se ha ido perdiendo y resulta prácticamente imposible ver algo más que un puñado de peces pequeños que circundan los pocos corales vivos que se pueden apreciar.

Según los habitantes de las islas, la llegada de otras especies animales devastadoras, son responsables del daño ecológico de las profundidades. Aun así, no puedo dejar de pensar en los miles de viajes que realizan los barcos griegos y los cruceros que transitan el mar, arrastrando con sus aspas todo lo que encuentran a su paso.

Tampoco se pueden olvidar los cientos de embarcaciones, veleros, catamaranes, y hasta barcos de pesca que sobre explotan y contaminan ese mar; en el que abundan más los cadáveres de migrantes que tratan de llegar a Europa, que los peces, los pulpos y las otras especies marinas.

La amabilidad de atenienses, parios, cretenses y corfiotas es indiscutible. Las sonrisas, las historias, la paciencia, la acogida de un pueblo listo a comunicarse y a escuchar lo que tenemos para decir, es invaluable. Expertos en otros idiomas y por supuesto acostumbrados a las olas de turistas que de todas partes de la tierra hacen el trayecto para constatar los decires de quienes han tenido la fortuna de apreciar sus riquezas, es claro que los griegos no decepcionan.

A diferencia de muchas naciones que hacen alarde del turismo como primera actividad económica pero que carecen de amabilidad y de empatía, los griegos han sabido adaptarse a toda clase de personas. Si bien el turismo extensivo es una herida profunda en muchas zonas como en el norte de Corfú y en algunas islas de las Cicladas, es cierto que ese turismo barato es una necesidad creada para personas que solo se interesan en pasar horas bajo el sol, frente a las aguas cristalinas. Pero Grecia tiene mucho más que ofrecer.

Los hoteles familiares abundan pero a diferencia de las residencias y complejos hoteleros de baja gama, los primeros sí que guardan un verdadero Know-how, “savoir-faire” y proponen y hasta producen productos locales de calidad aceptable y abordable.

Los europeos que han llegado para instalarse, han deformado las islas proponiendo zonas de acogida atribuibles a nacionalidades específicas, en donde solo se habla, se escuchan y se ven los mismos productos que se consumen a miles de kilómetros al norte, en la Europa continental.   

En Creta, la presión ejercida por el rutinario entrrenamiento de los F15, apostados en la base que la OTAN les impuso a los habitantes, parece un contrasentido. Estos paraísos por ahora protegidos de los cientos de miles de migrantes que si reciben otras islas griegas como Lesbos, nos hacen olvidar  los conflictos internacionales y la tragedia humana que acecha a nuestra puerta.

Hemos preferido olvidar que Grecia carece de recursos ilimitados para tratar las problemáticas ligadas a las migraciones, producto de los conflictos en el medio oriente y en el norte de Africa. Hemos obviado que la xenofobia también crece en este maravilloso país producto de una política europea lenta y retardataria que no responde a las numerosas demandas de asilo de manera rápida y eficaz.

Esos migrantes hacinados, maltratados, enfermos, que sufren cotidianamente el rigor de las autoridades, tal vez lleguen algún día a hacer parte de ese gran país que es Grecia, al que la historia y geografía le han puesto en primera línea frente, a los desafíos y a los grandes eventos de la humanidad.

De visite dans ton ancien quartier

Au cours de mon dernier voyage, les réflexions sur mon passé se sont cumulées comme un tas de feuilles d’automne qu’il faut à un moment ou à un autre ramasser, et disposer ailleurs.

Ce jour, après le rendez-vous médical, j’ai décidé de rentrer à pied à la maison. Sous le soleil brillant, plutôt habituel pour cette période de l’année, et d’un vent léger, j’ai démarré mon parcours.

C’était la première fois dans un peu plus d’une décennie que je parcourais à pied ce quartier. Au cours des dernières huit années avant mon départ, je le visitais de manière récurrente, presque quotidienne. J’avais appris à le connaitre, à esquiver le trafic des grands axes, grâce aux petites ruelles labyrinthiques et dangereuses après 19H00. Je connaissais bien le barman du seul bar du quartier, aussi à la propriétaire du magasin de desserts, j’aimais les nachos con queso et le chile con carne de la station de service, je faisais un peu de shopping les rares jours de soldes, j’aimais sortir avec toi le matin et aller chercher les croissants dans la boulangerie du coin.

Mais ce jour là, juste en début d’après-midi, j’ai découvert avec tristesse que les maisons traditionnelles avaient disparue une à une. Bien que dans le passé ce processus de destruction avait déjà commencé, le quartier m’a paru de plus en plus méconnaissable.

Des commerces de bouche avaient poussé comme des champignons, d’une manière si désorganisée et chaotique, probablement pour répondre aux besoins primaires des nouvelles familles, installées dans les nombreuses tours d’appartements.

J’ai décidé de m’éloigner un peu de ce nouvel axe commercial pour essayer de retrouver les anciennes maisons et me transporter au quartier de la « belle époque », afin de remémorer cet endroit plein de souvenirs.

Sans trop réfléchir, je me suis engagée sur la rue qui abritait ta maison temporaire, celle que tu avais utilisé pour entreposer entre autres les vidéos de la guerre en Tchétchénie. Ces vidéos que tu conservais précieusement car ils contenait les interviews que tu n’avais pas pu vendre, ni faire diffuser par les menaces et la peur qui ont suivi ce voyage.

A l’époque, la maison gardait un caché ancien, mais les vieux meubles étaient déjà couverts de l’habituelle drap blanc. La cuisine était complètement détruite, de ce fait, la seule chose qu’on pouvait obtenir c’était l’eau du robinet.

A l’étage la poussière avait pris sa place depuis long temps et tu trouvais inutile de faire déplacer quelqu’un pour assurer un minimum de propreté. De toute façon l’appartement que tu attendais depuis ton arrivée à la ville s’était libéré, et l’ensemble de tes affaires avaient déjà été réceptionnés. La maison resterait donc un endroit à conserver et à visiter de temps en temps, avant la publication de l’annonce, qu’officiellement la mettrait en vente.

Lorsque je me suis retrouvée à nouveau en face de la maison de notre première rencontre, j’ai ressenti des frissons, elle ressemblait aux maisons hantées remplies de fantômes. On dirait que depuis ton départ personne n’y a vécu. Les fenêtres saturées de poussière m’empêchaient de regarder à l’intérieur et de constater le moindre changement. Le vigile de la rue, n’était pas le même de cette époque, mais il commençait à se méfier de ma présence devant ton ancienne maison.

J’ai fermé les yeux pendant un très court moment, assez pour voyager dans le temps et me rappeler de ses couleurs, de ses odeurs. Assez pour déguster à nouveau tous les souvenirs comme on le fait en famille ou entre amis, lorsqu’on s’installe à contempler les photos instantanées prises il y a long long temps.

Ces instantanées sont vues et interprétées de manière si différente par chaque observateur. Dans ma tête, malgré le temps et les nombreuses difficultés liés à la fin de notre histoire, tous mes souvenirs restaient fidèles: étranges parfois, drôles par moments, gaies au début, incompressibles et si douloureux la plus part du temps.

Cette maison, inhabitée depuis, garde dans ses murs trop d’histoires mais j’en connais seulement une très brève, la notre. J’ignore complètement si après ton départ, la maison a été vendue, si tu as récupéré tes vidéos, si tu as gardé tes souvenirs, nos souvenirs; si tu y penses de temps en temps, ou si comme les interviews des tchétchènes tu les a stockés pour ne plus jamais les regarder, ni en parler, ni leur accorder la moindre importance.

Peut-être que ces souvenirs et ces vidéos te rappellent l’échec, l’impuissance, les erreurs que tu as commis, ceux qui t’on mis en difficulté et que tu as préféré avoir bien loin de ta vie complète, pleine de succès, calme, stable.

Je ne suis pas sure de vouloir transiter à nouveau par ton quartier, ni d’observer ton ancienne maison, déjà par peur de ne plus me retrouver dans un endroit qui me procurait un peu de bonheur et de calme; mais aussi car la vie est dynamique et que nous ne pourrons plus jamais partager à propos de nos souvenirs.

La réaction au sarcasme

Rage, impuissance, négation, déception, répulsion. Tous ces sentiments sont ressentis par de nombreux colombiens, plusieurs d’entre nous des migrants, des expatriés, des réfugies, toujours vigilants à la réalité de notre pays.

Au cours de cette année la Colombie a connu 44 massacres, dans lesquels 187 personnes ont perdue la vie. Rien que pour le mois d’août perpétrés 9 massacres ont été perpétrés dans plusieurs zones du pays: de Santander de Quilichao (3) à Cali (5); de Samaniego (8) à Ricaurte (3); d’Arauca (5) à El Tambo (3); de Tumaco (6) à Venecia (3). Le 28 août l’horreur s’est déplacé à la zone rurale d’Andes(3)[1]

Entre la semaine dernière et celle qui se termine 42 personnes ont été assassinées. La plupart d’entre eux avaient moins de 25 ans. Certains étaient des enfants, des étudiants universitaires, autres étaient reconnus pour leur leadership au sein de leurs communautés. Il y a aussi des paysans et certaines victimes sont aussi des afro-colombiens et des indigènes.

Ils sont tous les mêmes pauvres, les mêmes victimes du déplacement forcé, les mêmes personnes qui luttent pour conserver leurs territoires ancestraux et libres de violence, les mêmes voix inaudibles, depuis plusieurs décennies.

Au loin, comme un ancien souvenir, se place l’espoir que plusieurs d’entre nous avons gardé après la signature de l’accord de paix entre l’Etat colombien et la « guerrilla » des FARC en 2016.

Malgré le pessimisme d’un secteur de la société colombienne, toujours opposé à la sortie du conflit armé par la voie de la négociation; l’accord supposait le début d’une phase de transition, après plus de cinquante années de guerre ininterrompue.

Les quelques mesures mises en place par le gouvernement précédent, celui de Juan Manuel Santos, avaient attirée l’attention de la communauté internationale, dont une partie avait participé dans les pourparler avec les FARC. Dans ce contexte, la Colombie est devenue un nouveau point d’attraction pour investisseurs et touristes.

Deux années après, le gouvernement de l’actuel président Ivan Duque, élu à partir d’une rhétorique mensongère et de l’idée de détruire les accords de paix, nous sommes revenus vingt ans en arrière. Nous retrouvons des dynamiques tellement similaires aux périodes les plus sombres de l’histoire de la Colombie. Assez pour que l’espoir soit complètement disparu.

Les engagements pris par l’Etat colombien, issus de l’accord, n’ont pas été respectés par le gouvernement actuel. De manière délibérée, il s’oppose au financement général des actions clés de l’accord de paix.

Le gouvernement d’Ivan Duque a mis en danger les mesures de réinsertion à la vie civile et la protection des anciens combattants; arrêté les subventions destinés au développement de leurs projets productifs; bloqué la discussion et approbation de la reforme agricole et retardé les procédures prévues dans la loi d’accès à la terre. De plus, le gouvernement a mis en en doute l’efficacité et en l’occurrence la continuité à la politique d’éradication volontaire des cultures illicites, et retardé la mise en place des Projets de Développement sous une approche territoriale (PDET)

Le secteur politique qui a gagné la présidence, attaché à un discours sécuritaire, aligné avec la politique antiterroriste des années qui ont suivi les attentats du 11-S aux Etats-Unis, n’est même pas en mesure de garantir la présence de l’Etat dans les espaces territoriales abandonnés par les FARC.

Ce secteur politique convaincu de l’importance de déployer les Forces Armées pour résoudre des problèmes multifactoriels : couverture limité en l’éducation, manque de voirie et des services de santé, offre réduite d’opportunités de travail; n’est même pas été en capacité de protéger la vie des personnes.

Le rôle des forces de l’état est tellement pénible qu’ils ne savent pas quoi faire, alors qu’ils ont été alertés par d’autres institutions sur le recrutement forcé d’enfants et adolescents, aussi à propos des menaces de mort à l’encontre des leaders sociaux, des défenseurs de droits humains et des droits d’accès à la terre. Ils ne protègent pas les membres des anciennes FARC, en tous cas à ceux qui avançaient dans leur processus de réinsertion à la vie civil.

L’accord de paix n’est plus que un tas de feuilles de papier. Une loi qui reste lettre morte et symboliquement déposée dans le destructeur de documents. Comme si le pouvoir en place était en capacité de détruire de la mémoire collective la courte période de calme dont ont bénéficié les citoyens y compris les habitants des zones plus oubliés par l’Etat.

Depuis le début d’un gouvernement qui s’auto-défini comme de centre-droite mais qui est tout à fait défenseur des idées d’extrême droite, ils se sont concentrés dans l’utilisation d’euphémismes pour éviter de rendre comptes sur le désastre, l’horreur que vie la Colombie actuellement.

Par exemple, le gouvernement a décidé de ne plus appeler les massacres ainsi et de les distinguer comme des « assassinats collectifs », portant le débat sur le langage et non sur la gravité des faits. Dans le même sens, ils ont décidé de ne pas rechercher, ni essayer de comprendre l’origine des crimes envers les leaders sociaux. Au lieu de cela, ils préfèrent les attribuer à des « problèmes de voisinage, relationnels ou à de simples vols de vêtements ». Dans des cas les plus pathétiques, il y a une négation de la condition de leadership de la personne assassinée, ou bien ils évoquent des hypothèses sur les possibles délits commis par les victimes.

Ce gouvernement, a décidé de sataniser tous les secteurs de la société ayant pris une position critique de leurs politiques et de la direction que prend la Colombie. Fidèles à leurs délires « sécuritaires » le pouvoir en place a procédé au suivi illégal des personnes, au harcèlement et à la stigmatisation des journalistes et de médias indépendants, ainsi que contre les politiciens de gauche et les membres des cours de justice. En somme, contre tous les acteurs en capacité de communiquer vers l’opinion publique les actes de corruption, d’inaction, le népotisme, et les irrégularités du gouvernement d’Ivan Duque.

Les réactions du parti au pouvoir le « Centre Démocratique » paraissent du pure sarcasme, une mauvaise et cruelle blague. Leurs sénateurs et représentants sont prêts à défendre des actions même à l’encontre du droit international humanitaire.

Le leader unique du « Centre Démocratique » paraît toujours vivre dans la période de la guerre froide car tout leur argumentaire est basé sur la lutte contre le communisme, ce qui passe forcement par la protection de la propriété privé. Le fantôme du socialisme du XIXème siècle qui a évolué différemment au Venezuela, Brésil, Bolivie et Equateur, depuis le début des années 2000, est exploité au maximum par le parti au pouvoir.

Il paraît qu’ils ne sont pas prêts à partager le pouvoir avec d’autres mouvements politiques, qui en Europe seraient considérés comme sociaux-démocrates et écologistes. Ils vendent des idées absurdes comme celle selon laquelle la gauche est toujours violente et armée. Des propos assez paradoxales puisque en Colombie la lutte armée s’est peint le visage de toutes les couleurs et s’est définie de droite et de gauche selon les circonstances.

Or, dangereusement les membres du parti au pouvoir copient de plus en plus les discours et les comportements des régimes totalitaires qui ont marqué l’Europe du XXème siècle. Tous ses membres sont des utilisateurs de la démagogie et des Fake News comme source principale de leur langage politique. Ce n’est que de la pure propagande mensongère qui cherche à créer des ennemis internes et externes.

Ils se servent du discours d’élimination d’ennemis supposés pour se vendre comme les sauveurs de la république, et le seuls garants de l’ordre. Eux qui n’ont pas honte de proposer la destruction des institutions pour se perpétuer dans le pouvoir, qui ont rompu l’équilibre de pouvoirs par la cooptation des organismes de contrôle décrits dans la constitution. Eux sont les principaux intéressés au maintien de l’impunité.

Ce parti politique, profite des nombreuses heures attribuées par les grands médias pour déployer son monologue haineux, mensonger et victimisant. Le Centre Démocratique est le même parti qui a pour leader à un ex-président de la république, ayant plus de 200 investigations pour des crimes divers.

En parallèle, le cycle sans frein de violence a reprit sans que les autorités puissent diagnostiquer correctement les causes, les analyser et comprendre l’ampleur de ce phénomène pour proposer des solutions adaptées.

La responsabilité de la situation actuelle est aussi partagé avec les groupes armés, dont certains sont au service d’industriels et d’éleveurs qui cherchent à poursuivre leurs projets d’appropriation de la terre. Un projet qui utilise ce qui a déjà fonctionné : les menaces, les massacres, le déplacement forcé; la terreur qui règne avec impunité depuis plus d’un demi siècle.

L’appareil de justice lent et traumatisé par les violences envers les juges, manque toujours de valeur pour faire avancer les procès envers les hommes les plus puissants de la Colombie, y compris ceux du vrai président de l’ombre.

Quelle légitimité peut avoir un gouvernement qui décide de bâcler une demande d’extradition concernant l’un des principaux leaders paramilitaires, alors qu’il a toujours des procès en cours en Colombie?

Salvatore Mancuso, a été extradé aux Etats Unis pour le délit de narcotrafic, mais il n’a payé que quelques jours de prison en Colombie, pour les crimes commis envers ces concitoyens. Il était à la tête d’une organisation criminelle responsable d’assassinats sélectifs, de disparitions, d’actes de torture, de crimes sexuelles, du recrutement forcé de mineurs, de massacres programmés, de l’expropriation des terres, du déplacement forcé de dizaines de milliers de personnes. Ce délinquant et son organisation les AUC ont construit des liaisons avec des politiciens locaux et nationaux, pour installer le projet paramilitaire dans les plus hautes sphères de l’état.

La cooptation et la corruption de fonctionnaires judiciaires, administratifs, des agents des forces armées et de police, l’utilisation du capital apporté par des personnes et groupes économiques puissants, craignent que Salvatore Mancuso rentre en Colombie et dévoile la stratégie qui les a amené au pouvoir, qu’il révèle leurs identités et leur degré d’implication dans le conflit armé.

Peut être que cela explique les « erreurs » de procédure commises par le Ministère des Affaires Étrangères dans les quatre demandes d’extradition présentés aux autorités étasuniennes, toutes refusées. Cela paraît suspicieux pour un pays habitué à traiter des sollicitudes d’extradition et à demander à d’autres pays le rapatriement de ces citoyens Mais surtout, cette nouvelle bourde est accablante pour les victimes des paramilitaires.

Pour toutes les raisons ici mentionnées, je pense que la viabilité de la Colombie comme état démocratique est en péril. Il sera impossible de parler de paix sans l’existence d’une politique claire adressée aux territoires les plus affectés par la guerre pendant des décennies. Des territoires et leurs populations soumis à l’abandon et à la merci des groupes armés sans idéologie, très engagés dans toutes les étapes du narcotrafic: dès la production à la vente interne et externe. Mais aussi des populations dans le viseur de structures violentes en charge de l’exploitation illégale de ressources natureles, principalement d’or et du bois.

Le gouvernement actuel n’est pas intéressé dans la paix, ni dans la recherche de la vérité, ni dans la réconciliation, encore moins pour s’assurer de la non répétition des actes abominables qui ont eu lieu au cours des dernières soixante-dix années. Ce qui paraît énorme au vu de note courte histoire de deux cents années d’indépendance.

Nous, les colombiens, sommes le fruit de l’histoire d’un pays qui nous a appris a haïr. Nous sommes le fruit d’une classe politique qui s’amuse à nous diviser pour accroître l’intolérance. Nous sommes le résultat d’un système politique, sociale et économique qui a pour principe fondamentale l’exclusion de l’autre, qui clame la disparition de l’autre.

Nous appartenons à un pays où la vie de l’autre ne vaut rien, et certains se sentent en confiance pour justifier les assassinat et les massacres. Ils sont fiers de la poursuite de la guerre à tout prix. Nous sommes le fruit d’un pays qui transpire de la souffrance et à la fois est malade d’apathie et d’abandon, qui fait recours à l’anesthésie, à l’oubli comme unique alternative de survie.

La prise de décisions erronée, marquée par des politiques déjà prouvés caduques et un gouvernement indolent et incapable de ressentir un minimum d’empathie envers ses gouvernés, réduit les possibilités d’une vie en paix, d’une vie remplie de sens, éloignée de la violence systématique et du chaos.

La plupart des colombiens souffrent tous les jours, ils ressentent la boule au ventre qui s’appelle la peur. Malgré leur présentation comme un peuple résilient, je suis convaincue que cette prétendue résilience n’est autre chose que l’oubli. Un oubli qui coûte très cher lorsqu’un peuple manque de culture politique, d’éducation, de conditions dignes pour faire face à la vie. Cet oubli fini toujours par nous faire prendre des décisions électorales qui perpétuent le système qui nous tue.

Source: https://view.genial.ly/5ebaa16422adfe0d82f8f4ce/interactive-content-masacres-


[1] https://www.elespectador.com/colombia2020/pais/volvio-el-horror-43-masacres-en-colombia-en-lo-que-va-de-2020/

/https://www.elespectador.com/noticias/nacional/masacre-en-antioquia-asesinan-a-tres-personas-en-zona-rural-de-andes-antioquia/

https://caracol.com.co/emisora/2020/08/22/pasto/1598109001_016962.html

Terror al cumpleaños

La llegada del día que marcará mis 39 años me hace sentir ansiosa. De nuevo, el peso de otro año que me recuerda que aún no he logrado llenar las casillas de esos objetivos que me marqué, o que marcó la sociedad en la crecí y evolucioné.

A pesar de estar lejos de esa sociedad, vine a integrar otra en la que paradójicamente las expectativas parecen ser similares en algunos aspectos. El camino transcurrido, que integra un diferencial para cada migrante, parece que aún no ha hecho clic en mi cabeza pues esas bases del éxito y de la satisfacción personal, siguen siendo inalcanzables.  

Con la salida de mi primera cana a un mes y 15 días de mi cumpleaños, saboreé la misma angustia que el año pasado me transportó al fondo, a un hoyo del que todavía estoy tratando de salir. Los ciclos que miles de personas en el mundo abrazan y disfrutan, se han convertido en un peso que me es difícil soportar.

Ayer, mientras conversaba con dos amigas, la una migrante en otro país y la otra pensando en migrar, unidas todas tres por una amistad de muchos años, volvimos a evocar esos sueños que se dibujaron tempranamente en nuestras consciencias y que finalmente no se desarrollaron como esperábamos.

Esos planes de los 20, esperando que en los 30 se materializaran no tomaron forma. Tal vez el temor de llegar a los 40 es pensar que serán como los 30’s que en lo personal me han dejado mucha frustración y desidia, al punto de pensar que no hay futuro posible; al menos, no como lo imaginé.

El cumplir años se asemeja al balance que se hace con corte al 31 de diciembre. Esas fechas se han ido convirtiendo en una carrera sin fin, como la de hámster en su propia rueda, o tan similar a la escena del perro jugando a morderse la cola.

Al final, por más de que nos esforcemos en un proyecto personal o profesional, difícilmente calculamos las aleas del destino, de la economía, de las transformaciones del mundo. Todas ellas, son coyunturas que no podemos controlar y que evidentemente tienen impactos en nuestros destinos, en nuestras decisiones, y sin tenerlo en cuenta afectan el grado de satisfacción que le damos a nuestras vidas.

Enfermos de la lógica de los resultados, olvidamos incluir en la ecuación los procesos, los aprendizajes y los retos que implican poner un proyecto del tipo que sea en marcha. Adictos a la evaluación, nos ponemos un traje muy pequeño o demasiado grande para que sean otros los que se permitan darnos una puntuación, la validación que se mide en términos de éxito o por el contrario en el fracaso.

Olvidamos que el traje que nos ponemos se puede ajustar, agrandar o reducir, que lo importante es que se adapte al momento que vivimos. He querido durante años tener una varita mágica para controlar a mi gusto todo lo que nuestra sociedad nos exige. Pero la pregunta es ¿Para qué el control? ¿Acaso necesitamos demostrar que somos superhéroes – superhéroinas capaces de cambiar el curso de los acontecimientos?

Este terror a envejecer, a cumplir un año más, a sentir que el tiempo pasa sin poder sacar la nota triple AAA de la evaluación o de la auditoria de nuestras vidas, parece ser un indicio de que tal vez necesitamos auto validarnos antes de buscar aceptación en los otros: pareja, familia, amigos y colegas.

Tengo claro que la autovalidación es un trabajo que realizan miles de personas, a veces acompañadas, otras vez no, para tratar de salir de esa camisa de fuerza impuesta o auto impuesta. Una camisa de fuerza que nos impide disfrutar de nuestros  procesos de vida y de nuestros aprendizajes, dejando atrás la lógica de los resultados y del éxito a toda costa. 

Empeñarse en cumplir los requisitos necesarios para convertirnos en personas « éxitosas » trae altos costos para nuestra autoestima, casi siempre lastimada; efectos sobre nuestra salud, tantas veces comprometida; e incluso termina por impedir sensaciones básicas como el disfrute de nuestros pequeños logros y de otros momentos de felicidad.

Las primeras canas, las primeras arrugas, los dolores recurrentes en huesos y articulaciones, no implican necesariamente el comienzo del fin, sino el paso a otra etapa que debemos acoger con calma y con amor, aceptando los cambios del cuerpo que nos pide a gritos escucharlo.

Este parece ser un reto ligado al autocuidado, que tal vez no valga la pena prolongar más. Siendo capaces de reconocernos como seres que merecen ocupar un lugar en el mundo a pesar de nuestros fracasos y diferencias, tal vez logremos castigarnos menos de manera inconsciente.

Es posible que esa también sea la llave para poner en el foso del olvido todos esos comentarios externos “del deber ser” que contaminan nuestra mente.  Todos tenemos sueños que muchas veces no obedecen a nuestros propios deseos sino a los de los demás, son hijos naturales de los entornos que nos intimidan.

Si aceptamos que nuestras vidas no pueden ser el reflejo de deseos pueriles, ni de las máximas de Instagram – Facebook –  Snapchat, ni tienen porque corresponder al catálogo de virtudes y diplomas visibles en Linkedin, es posible que nuestra manera de leernos como individuos deje de estar limitada a la acumulación de bienes materiales o al monto de la cuenta en banco.

Ahora mismo, la pandemia nos muestra que la construcción de la vida en torno a referentes materiales como pruebas de éxito resulta bastante inútil, máxime cuando lo que se acumula no te salva de enfermar, ni garantiza una mejor atención médica.

Con certeza muchas personas afirmarán que el dinero sirve para mantener cierta tranquilidad en periodos difíciles, durante el confinamiento y hasta en una fase de transición. Pero eso sólo es parcialmente cierto, porque si lo que tenemos lo debemos, la única garantía es que los pocos ahorros que tengamos tendrán que ser utilizados para honorar esos pagos de cosas que al final no estamos seguros de haber necesitado. 

Las crisis que están por venir, seguirán poniendo sobre la mesa otras realidades que sin duda cambiaran nuestra manera de ver el mundo y de leer la vida misma.

Entre tanto deseo que la sabiduría que debería acompañar otra « vuelta al sol » me permita recoger otro tipo de frutos. Mirarme al espejo sin miedo a lo que superficialmente me hace pensar que estoy vieja. Ser capaz de integrar en mi inconsciente que la vida se enriquece de procesos grandes y pequeños, que me llevan por caminos inciertos e interesantes, a pesar de las adversidades.

Quisiera que en cada celebración sea capaz de amarme un poco más y aceptar lo que la vida me ofrece como regalo, como una fruta a la que hay que extraerle el poco o mucho jugo que me corresponde; sin miedo a quedar con sed, ni a tomar de más, al punto de volverme diabética.

Retrouvailles dans le temps (II)

La première sortie

A la fin de la deuxième semaine, Lucia avait un peu côtoyé d’autres camarades de cours. Elle avait maintenant une idée une peu plus claire des personnes abordables et de ceux avec lesquels elle ne pourrait même pas partager un repas.

La journée de vendredi finissait à 13h00. A différence de la première semaine, cette fois les collègues se sont mis à discuter à la fin du dernier cours et Pablo un garçon plutôt sarcastique et plus âgé que la moyenne a proposé d’aller boire quelques bières dans un quartier réputé de la ville.

A cette époque, le quartier de la Montagne était plutôt exclusif et accessible seulement pour certaines couches de la société. Les prix pratiqués dans les bars et restaurants de la zone, étaient assez élevés et les étudiants lambda ne cherchaient jamais aller faire la fête dans ce quartier.  

Une bonne dizaine d’étudiants ont accepté la proposition de Pablo, dont Lucia et Oleana. Pour Lucia c’était l’une des premières fois dans ce quartier qu’elle avait visité en compagnie de sa mère, plutôt pour des consultations médicales que pour d’autres raisons. Elle s’est rendu compte que la plupart de ceux qui ont accepté d’y aller habitaient le quartier ou le connaissaient assez bien.

Arrivés à destination, le bar avait deux espaces et ils se sont installés sur la terrasse intérieure dotée d’un toit amovible en cas de pluie. Lucia avait passé ses deux premières semaines d’études à apprendre à fumer. La première semaine, elle crapotait, puis à force, son système respiratoire s’est adapté et elle a trouvé la manière d’avaler la fumée. Elle a commencé à acheter un paquet de cigarettes tous les trois jours.

Ce vendredi était sa vraie première sortie. Toujours ultra protégé par ses parents et par ses frères, Lucia n’avait assistée qu’à des fêtes d’anniversaire et sa première expérience avec l’alcool était au cours de fêtes de quinze ans de toutes ses amis de l’école. Lucia venait d’avoir ses 18 ans et légalement avait le droit d’acheter et de consommer de l’alcool, mais elle ne connaissait pas ses limites.

Oleana et les autres avaient l’air plutôt à l’aise non seulement dans la consommation de bières qu’ils buvaient comme de l’eau. Une partie du groupe s’est inscrit dès le départ dans l’achat d’un litre d’aguardiente, une eau de vie à 30 degrés, anisée et de goût similaire à celui du pastis, laquelle se boit pure et par shots, comme la tequila.

C’est Oleana qui a proposé à Lucia de boire son premier shot d’aguardiente. Il était 15H00 à leur arrivée au bar et 17h30 lorsque Lucia a regardé sa montre pour la dernière fois. Elle était toujours inquiète de rentrer avant l’heure du diner à 19H00.

Le réveil était dur, le maux de tête, le gout de vomit, Lucia était allongé dans une sorte de fauteuil à l’arrière du bar. Un homme habillé d’une chemise à rayures rouges et blues la regardait. Elle ne savait pas où elle était, mais Oleana est apparue en remerciant l’homme, qui au réveil de Lucia lui a fait signe.

L’homme était le propriétaire du bar, un ami de Pablo qui a eu pitié de l’état d’ébriété de Lucia et l’a laissé roupiller avant de la laisser partir chez elle.

Il était 23H00 et Lucia n’avait plus son sac, ni son portable. Sans argent pour appeler un taxi, elle n’était même pas capable de trouver le chemin pour aller chercher un bus, si elle aurait eu assez pour payer le billet.

Oleana et un groupe de trois autres étudiants avaient résisté jusqu’au réveil de Lucia. L’un d’entre eux Paula était furax, non seulement elle la critiquait pour ne pas savoir tenir l’alcool, mais aussi sur le fait de les forcer à jouer le rôle de nounou.

Andrés était gênait mais conscient qu’il fallait aider Lucia et au moins la ramener chez elle. Même s’il avait bu deux ou trois bières, le fait qu’il était venu en voiture lui a évité de boire d’avantage et donc il s’est proposé à accompagner Lucia chez elle.

Lucia ne voulait pas dévoiler le nom de son quartier, entre son état et la honte d’être rejetée et abandonnée à sa sorte, elle a donné des explications vagues sur le chemin et la localisation du quartier. Ils avaient pour une bonne heure de route avant d’arriver à destination. Paula était monté aussi dans la voiture car elle, Andrés et Oleana habitaient tous à 15 minutes de distance, dans différents quartiers mais pas si loin les uns des autres.

Andrés ne parlait pratiquement pas, Paula n’arrêtait pas ses commentaires sarcastiques, Oleana demandait tous les cinq minutes à Lucia si elle avait besoin de quelque chose. Lucia ne se rappelait de rien, ni comment, ni vers quelle heure elle s’était effondrée, comment elle avait perdu son sac, qui l’avait aidé lorsque apparemment elle avait vomit sur la terrasse en présence de tous ses collègues.

C’était Paula qui lui a raconté une bonne partie de l’histoire. Son sac avait été récupéré par Pablo, mais il était parti avant le réveil de Lucia. Personne n’a pensé à lui demander de le lui laisser en cas de besoin. Lucia avait passé quatre heures complètement inconsciente, endormie sur la banquette arrière du bar à laquelle Andrés, Pablo et le propriétaire l’avaient porté après qu’elle s’évanouisse sur la terrasse.

Poursuivant les indications de Lucia, Andrés l’a déposé devant la porte d’entrée de la maison. La voiture a démarré avant qu’elle ne sonne. C’était son frère Daniel qui lui a ouvert la porte. Il l’a à peine reconnue.

Les cheveux ébouriffés, l’haleine putride, les vêtements sales, sans sac ni veste. Daniel savait ce qui était arrivé mais il ne pouvait pas l’aider. A l’intérieur de la maison, les parents inquiets l’attendaient avec impatience. Dans une ville grande, comportant pas mal de dangers, il était inhabituel que Lucia arrive après 19H00.

En la voyant marcher en zigzag Doris n’a pas pu contenir sa rage. Elle s’est adressée à Lucia pour la secouer et lui exiger des explications par rapport à l’état dans lequel elle osait se présenter à la maison passé minuit. Ivan se sentait déçu, mais il était incapable de voir sa fille dans un état pareil. Il lui avait acheté un téléphone portable quelques semaines avant la rentrée, histoire de la contrôler un peu, mais aussi pour réduire les angoisses de sa femme Doris, toujours inquiète pour la sécurité de tous les membres de la famille.

Ivan remarqua que Lucia était arrivée les mains vides, il se demanda si peut-être une autre chose de plus coriace que d’être bourré aurait pu lui arriver à sa fille. Mais il ne voulait pas lui poser des questions dans cet état, cela aurait été déplacé et inutile puisque Lucia n’arrivait pas à articuler ses mots et encore moins à faire des phrases compréhensibles.

Le lendemain Lucia vivait les effets de la gueule de bois. Personne ne lui parlait et elle a dû improviser un repas en cuisine. Impossible d’appeler Pablo ou Oleana pour leur demander pour ses affaires, elle n’avait pas son cahier, ni son portable.

La séparation…

Le lundi de la semaine suivante Lucia est arrivée cinq minutes à l’avance du premier cours. A la porte de la salle, elle a vu presque tous ceux qui étaient présents au bar vendredi dernier.

Elle sentait le feu sur ses joues lorsque tous riaient et la regardaient si bizarrement, entre moquerie et peine. Pablo s’est rapproché d’elle pour lui rendre son sac et son manteau et s’est excusé d’être parti sans lui laisser ses affaires à quelqu’un d’autre.

Embarrassée, Lucia l’a remercié et est rentrée dans la salle sans rien dire aux autres. A l’heure de la pause elle a décidé de rester seule. Pareil pour le déjeuner, elle est partie loin pour manger dans un restaurant mal famé où elle savait qu’elle ne croiserait pas ses collègues.

La semaine avait été difficile, Oleana s’est approché une ou deux fois pour lui demander des choses précises sur les cours mais pas plus que cela. Paula continuait à se moquer d’elle avec des personnes qui n’étaient même pas présentes le jour de l’incident.

Andrés, en revanche s’adressait à Lucia comme si de rien n’était. Il entretenait de bonnes relations avec Pablo et les autres, mais il s’était rendu compte que Lucia se sentait mal à l’aise avec les autres. D’autre part, Andrés faisait partie d’un petit groupe d’étudiants qui, comme lui, venaient de province. Sans le savoir, c’est dans ce groupe où Lucia s’était sentie le plus acceptée, même si les différences de classe et financières étaient toujours présentes.

Le rapport avec ce groupe dont certains deviendraient ses amis, lui a permis à la fois de comprendre d’autres vecteurs de discrimination présentes dans la société colombienne, mais moins discutés.

Dans un pays de « métisses » la plupart des individus s’identifient comme blancs ou héritiers des colonisateurs espagnols. Le passé noir et indigène reste encore honteux pour beaucoup, et peu véhiculé notamment dans les cercles de pouvoir.

Lucia a constaté, avec un peu de recul, que dans son université les minorités : noires et des peuples natifs ou indigènes étaient presque inexistants. Les deux ou trois étudiants qu’elle avait aperçu à la bibliothèque étaient des boursiers, mais ce n’était pas très claire pour elle le fonctionnement de ce dispositif. Par ailleurs, elle ne savait pas que cette possibilité existait, car si l’un de ses collègues de classe en bénéficiait cela n’était pas quelque chose qu’ils auraient partagé.

La discrimination liée à l’orientation sexuelle était également un tabou, c’était comme si elle n’existait pas, mais au fil des années elle a compris que ses collègues appartenant à la communauté LGBTIQ se sont maintenu(e)s caché(e)s jusqu’à la fin d’études. La plupart ne voulait pas attirer des commentaires ou recevoir un traitement différencié de la part de professeurs ou d’autres personnes. Cela n’a évité qu’ils se retrouvent dans des soirées organisées par des collectifs LGBTIQ ou par ses ami(e)s qui eux « étaient sorti(e) de l’armoire ».

Les étudiants de province, étaient eux aussi discriminés par ceux de la capitale qui les considéraient arriérés et folkloriques dans leurs habitudes. Lucia a compris que ses nouveaux amis appartenaient à la fois à des groupes propres de leurs régions ou identitaires et que parfois elle n’était pas la bienvenue.  

Les différences et les rapports tendus entre la capitale et les régions, dans un pays fortement  centralisé comme la Colombie, déterminent aussi les rapports sociaux entre les personnes. Les usages traditionnels dans une société profondément catholique et fermée aux discussions à propos des évolutions de la société, se calquait aussi au sein des universités.

Pour certains ami(e)s de Lucia cela était un paradoxe puisque on pense aux universités comme des espaces de discussion et d’aperture. Peut-être le fait que celle-ci soit privé et quelque part très attaché à un passé ancien, et à une organisation stricte, empêchait le dialogue, même la création de groupes de discussion.

Les années écoulées…

Au fur et à mesure Lucia a poursuivi les cours, Oleana a fini par abandonner les études au quatrième semestre sur les dix prévus dans le plan d’études.

De temps en temps Oleana passait voir ses ami(e)s mais avec les années elle a arrêté d’y aller. Les amies d’Oleana avaient fini aussi par se séparer et certains ont aussi abandonné la fac.

La vie universitaire avait changé beaucoup les relations que Lucia entretenait avec la famille, assez traditionnelle et habituée à rester à la place que la société l’avait accordée. Certes, sa famille avait bien su utiliser l’ascenseur social, mais elle était consciente de l’existence d’un plafond de verre.

Depuis l’incident de la première sortie et des commentaires subséquentes, Lucia s’était promis de s’en sortir seule et de ne jamais demander de l’aide au cercle de personnes qu’elle a dû côtoyer au cours de ses études. Elle pensait pouvoir réussir en s’éloignant de ce monde qui ne lui convenait pas et de faire sa vie où elle pourrait obtenir des résultats par ses propres moyens.

La situation professionnelle de la plupart de ses collègues était réglée d’avance. La plupart d’entre eux étaient les fils de propriétaires d’études d’architecture ou d’entreprises dans le même secteur. Lucia ne faisait pas partie de cet univers et dans une période où le taux de chômage pour les architectes était assez élevé, l’idée de partir était devenu plus qu’évidente.

A l’obtention de sa licence, Lucia a postulé pour obtenir une bourse afin de poursuivre ses études à l’étranger. Elle est arrivée en Belgique où elle a commencé un master, mais rapidement elle a vu l’opportunité de changer d’université et de s’installer à Lille, en France.

La vie en France n’a pas été simple mais son travail dans le milieu de la restauration de bâtiments historiques lui permettait de gagner correctement sa vie. Même si elle était consciente que le travail était en deçà de son niveau d’études, elle se sentait heureuse de travailler dans le milieu culturel et d’apprendre autant sur l’histoire et l’art tous les jours.

Sa vie personnelle était beaucoup plus compliquée, mais elle ne s’est jamais posé la question de rentrer en Colombie.

Les retrouvailles

Un jour, Lucia était présente dans un chantier sur lequel elle travaillait depuis six mois au Château de Versailles. Elle participait à la restauration des fontaines en début de l’automne.

Penché sur l’une des statues sur laquelle un groupe de trois restaurateurs allait travailler, elle a levé la tête quand elle a entendu une voix en espagnol qui lui a parue familière.

Elle a découvert Oleana en train de poser non loin de la statue, elle donnait des instructions à un homme  parfois en espagnol, puis en anglais. Lucia a hésité mais l’opportunité était unique, elle s’est approchée et lui a proposé de les prendre tous les deux en photo.

Oleana ne l’a pas reconnu, Lucia a ri et lui a adressée la phrase suivante :

-Dis donc, faudra-t-il t’inviter une coupe d’aguardiente et que je perde mes affaires pour que tu te souviennes de moi ?

Olena a ouvert ses grands yeux verts et l’a prise dans ses bras. Lucia lui a proposé de prendre un café, vu qu’elle n’avait pas pris de pause au cours de la matinée.

Oleana lui présenta l’homme qui l’accompagnait, son mari. Lucia, qui n’avait jamais appris à parler correctement anglais, a ressenti la honte de baragouiner la langue de Shakespeare et décide de lui avancer un simple : Hola, todo bien ? Encantada, me llamo Lucia.

L’homme lui a répondu dans un espagnol précaire, qu’il s’appelait David et a poursuivi la prise des photos.

Les quinze minutes qu’elles se sont accordées, peut-être dans un calcul d’une minute par année écoulée après la dernière fois qu’elle se sont vues, sont passés rapidement. Or, ils ont été suffisants pour apprendre qu’Oléana avait quitté aussi la Colombie, presque deux ans après avoir abandonnée la fac. Elle avait compris qu’un parcours de vie académique, couronné de succès, tellement souhaité par sa famille rentrait en contradiction avec ce qu’elle voulait être.

Devant la pression exercée par sa famille, Oleana a décidé d’économiser un peu de l’argent que sa famille lui procurait pour ses frais mensuels. Au bout de six mois et sans rien dire elle avait acheté un billet d’avion pour les Etats-Unis.

D’abord arrivée en Californie, elle a compris rapidement qu’elle ne pourrait pas se permettre de vivre dans une ville chère, ni de maintenir le niveau de vie qu’elle avait en Colombie. Dépourvue de diplôme, sans connaissances, ni le soutien financier de sa famille, elle devait trouver la façon de s’en sortir.

Elle est partie en auto-stop jusqu’en Oregon. La proximité avec la nature était quelque chose qui lui avait toujours plu et probablement c’était la seule chose qu’elle aimait de la Colombie, les balades en montagne avec son grand père, et l’amour pour l’escalade que lui a transmis sa mère.

Oleana a eu pleins de petits travails au noir pendant qu’elle changeait le statut de son visa de tourisme. Elle a postulé pour se former comme enseignante, puis elle s’est spécialisée dans l’apprentissage de l’art pour les enfants d’entre 5 et 15 ans.  

Le récit de Oleana, a bouleversait Lucia, elles avaient plus en commun que ce qu’elle ne l’avait imaginé. Les préjugés et la distance sociale qui les séparait, était à la fois ceux qui les rapprochait. Oleana a fui un confort qui lui demandait des résultats en termes de succès et du maintien d’une réputation qui lui étaient indifférents.

Lucia en revanche a fui d’une société où elle ne trouverait jamais sa place sans être qualifié par rapport aux objets banals qu’elle porterait, à son quartier d’habitation, à la manière de se transporter, à son histoire familiale, à son apparence plus métisse « qu’espagnole », à son manque de réseaux.

Quinze minutes pour comprendre que s’éloigner peut être douloureux mais nécessaire pour se tracer son propre chemin, pour vivre tel qu’on l’entend, loin des regards et des lourds jugements pesants, comme les poids autrefois portés par les esclaves.

Il se peut qu’on soit des esclaves du devoir être et du devoir faire, ces « idéaux » qui nous accompagnent depuis l’enfance. Peut-être qu’il est possible de briser les chaines et de se débarrasser de ces poids qui nous empêchent d’avancer, de vivre, d’être.